Hace un par de meses estaba viendo una película de Hollywood bastante intrascendente cuando de repente sucedió algo en la trama que me impactó y despertó lo que me atrevería a calificar como envidia. No envidia sana, no, la envidia sana no existe más que para suavizar nuestras conciencias, me refiero a envidia de la cochina. La escena se desarrollaba entre los muros de una prisión, con delincuentes de todas las calañas, con reyertas, chanchullos ilegales y todos los tópicos del ambiente carcelario. En un momento dado suena en la megafonía general de la instalación el himno de los EE.UU. como preludio a un acontecimiento deportivo y todos, absolutamente todos los reclusos, la gente que representa lo peor de lo peor del país, se mantienen quietos en actitud de respeto, con total normalidad.
