Cuatro años después de que Fatima Hamed y el Movimiento por la Dignidad y la Ciudadanía (MDyC) impulsaran la declaración de Santiago Abascal como persona non-grata en Ceuta —una acción tan simbólica y mediática como inútil —, la realidad política que hoy representa su figura no puede ser más contradictoria con aquel gesto. Lo que en su momento se presentó como una defensa encendida y teatrera de los valores democráticos y de la convivencia, se ha convertido hoy en una coartada discursiva que pretende maquillar una verdad incómoda: la integración progresiva de Hamed en la arquitectura de poder que encabeza el Partido Popular de Juan Vivas.
