Editorial
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Hay una delgada línea entre la simple mala gestión administrativa y el caciquismo más descarado, y esa línea ha sido pisoteada sin pudor por el tándem formado por Alejandro Ramírez y Juan Manuel Sánchez Valderrama. Lo que está ocurriendo en las entrañas de los servicios públicos no es fruto de la incompetencia; es un ejercicio de soberbia institucional, un abuso de poder que exige no solo una condena pública, sino la asunción de responsabilidades legales.

Hay una delgada línea entre la simple mala gestión administrativa y el caciquismo más descarado, y esa línea ha sido pisoteada sin pudor por el tándem formado por Alejandro Ramírez y Juan Manuel Sánchez Valderrama. Lo que está ocurriendo en las entrañas de los servicios públicos no es fruto de la incompetencia; es un ejercicio de soberbia institucional, un abuso de poder que exige no solo una condena pública, sino la asunción de responsabilidades legales.

Comencemos por el despropósito absoluto de las Brigadas Verdes. En mitad de una crisis asfixiante, de una auténtica invasión que requería rigor, orden y altura de miras, Alejandro Ramírez ha optado por instaurar el caos. Su gestión de las brigadas ha sido demoledora, pero lo que verdaderamente cruza todas las líneas rojas es su presunta afición a estampar su rúbrica en informes que ni le corresponden por sus competencias ni, mucho menos, se ajustan a la legalidad vigente. Jugar a ser un virrey intocable validando documentos al margen de la ley tiene un nombre, y la justicia debería ser la encargada de pronunciarlo más pronto que tarde.

Pero la ruindad de esta forma de gobernar no se queda en el oscurantismo del papeleo; se ceba cruelmente con las personas. El acoso laboral y sistemático al que se está sometiendo a un trabajador de Servilimpce desde los albores de la empresa es, sencillamente, repugnante. En una cacería de despacho diseñada para quebrar a un profesional, a este empleado se le ha arrebatado su grupo de cotización y se le ha degradado arbitrariamente de la categoría con la que fue subrogado por ley.

Y aquí es donde el cinismo institucional alcanza su cota máxima de la mano del gerente de Acemsa, Juan Manuel Sánchez Valderrama, artífice indispensable de esta bochornosa situación. Mientras en Servilimpce se machaca al empleado y se le recortan sus derechos adquiridos, en la Acemsa de Valderrama se premia la afinidad por encima del mérito. Allí campan a sus anchas trabajadores que ostentan la categoría de "jefe de departamento" sin contar con la titulación académica exigida para el puesto.

Para el trabajador honrado: persecución, degradación y acoso. Para los afines al régimen: despachos y jefaturas sin título. Este es el verdadero legado de Ramírez y Valderrama, un modelo basado en el miedo, la firma irregular y el nepotismo más casposo que está desguazando la dignidad de lo público.

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Ceuta, Miercoles 09 de Septiembre del 2026

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