Hay algo que empieza a resultar difícil de entender: ¿hasta dónde piensa llegar Marruecos mientras España sigue empeñada en mantener una relación de «amistad» con su vecino? Mohamed VI, ese rey tirano que gobierna un régimen que no es precisamente un ejemplo de democracia, contempla cómo sus ministros reivindican públicamente Ceuta y Melilla, hablan de «territorios ocupados» y hasta invocan su «liberación» en actos oficiales presididos por él mismo. Y mientras tanto, desde España seguimos hablando de cooperación, diálogo y buena vecindad.
Hay algo que empieza a resultar difícil de entender: ¿hasta dónde piensa llegar Marruecos mientras España sigue empeñada en mantener una relación de «amistad» con su vecino? Mohamed VI, ese rey tirano que gobierna un régimen que no es precisamente un ejemplo de democracia, contempla cómo sus ministros reivindican públicamente Ceuta y Melilla, hablan de «territorios ocupados» y hasta invocan su «liberación» en actos oficiales presididos por él mismo. Y mientras tanto, desde España seguimos hablando de cooperación, diálogo y buena vecindad.
Y luego están los muertos. Decenas de personas perdieron la vida intentando llegar a Ceuta durante aquella avalancha de finales de julio; las cifras han oscilado según las fuentes, con organizaciones marroquíes que hablan de más de un centenar. Son seres humanos, sí, y precisamente por eso hay que investigar hasta el último detalle de lo ocurrido. Si alguien permitió, facilitó, alentó o utilizó a esas personas como instrumentos de presión política, la responsabilidad sería gravísima. ¿Es jurídicamente un genocidio? Eso no lo puede decidir un editorial ni una tertulia: corresponde determinarlo a una investigación independiente y, en su caso, a los tribunales. Pero que hubo una tragedia de dimensiones extraordinarias y que exige responsabilidades no debería admitir discusión.
Lo verdaderamente escandaloso es que, mientras Ceuta intenta recomponerse, ministros marroquíes siguen teniendo la desfachatez de reivindicar nuestra ciudad. Y no lo hacen precisamente a escondidas. Lo hacen públicamente y, en ocasiones, delante del propio Mohamed VI. El ministro de Justicia, Abdellatif Ouahbi, y el ministro de Asuntos Islámicos, Ahmed Toufiq, han vuelto a poner sobre la mesa esas pretensiones. ¿Y cuál es la respuesta española? Sánchez, Marlaska, Bolaños, Robles, Puente, Cuerpo, Albares, Torres, Mónica García, Elma Saiz, Óscar López y Sira Rego deberían explicar a los ceutíes dónde está la línea roja. Porque una cosa es cooperar con Marruecos y otra muy distinta permitir que nos cuestionen la soberanía mientras nosotros ponemos cara de circunstancias.
Por eso quizá ha llegado el momento de que la Asamblea de Ceuta haga algo más que aprobar declaraciones. Si en su día se decidió declarar persona non grata a Santiago Abascal por sus posiciones políticas, con mucha más razón debería abrirse, al menos, el debate sobre si Mohamed VI merece ese mismo reconocimiento institucional cuando desde su propio entorno político se vuelve a cuestionar la españolidad de Ceuta. No se trata de romper relaciones diplomáticas ni de buscar una guerra; se trata de defender la dignidad de una ciudad española que lleva demasiados años soportando presiones.
Y que nadie se sorprenda después si los ceutíes están hartos, indignados y utilizan palabras gruesas. Cuando una ciudad siente que la desafían desde fuera y que desde dentro se relativiza ese desafío, la paciencia termina agotándose. Se puede exigir educación a los ciudadanos, por supuesto. Pero también habría que exigir firmeza a quienes tienen la obligación de defenderlos. Porque Ceuta no necesita que nadie le haga un favor: necesita que España deje claro, de una vez por todas, que con su soberanía no se juega.