Lo que acaba de pactar Pedro Sánchez con Junts es, sencillamente, un atropello. Obligar a las empresas con más de 250 empleados a atender en catalán desde cualquier punto de España no es más que otro peaje político para mantener vivo un Gobierno que ya solo sobrevive a base de concesiones. Se trata de una medida arbitraria, injusta y que, lejos de defender la pluralidad lingüística, la convierte en un arma para contentar a los independentistas.
