El clima político en España atraviesa uno de sus momentos más tensos de las últimas décadas. Basta escuchar conversaciones en la calle, en los medios o en las redes sociales para percibir un creciente nivel de cansancio y polarización.
El clima político en España atraviesa uno de sus momentos más tensos de las últimas décadas. Basta escuchar conversaciones en la calle, en los medios o en las redes sociales para percibir un creciente nivel de cansancio y polarización.
Pedro Sánchez ha vuelto a asegurar que no sabía nada, de lo que hacía Leire Díez, vamos que ni la conocía. Nada de esto, nada de aquello y nada de lo otro. A estas alturas, la sorpresa ya no es la explicación. La sorpresa es que todavía haya quien la compre.
La principal preocupación de un Gobierno democrático debería ser gobernar y rendir cuentas. Sin embargo, la legislatura de Pedro Sánchez ha quedado atrapada en una sucesión de escándalos, investigaciones, polémicas y explicaciones insuficientes que han erosionado gravemente la confianza de una parte importante de la ciudadanía. Los casos que afectan al entorno político y personal del presidente, desde las controversias relacionadas con José Luis Ábalos y Koldo García hasta las que han salpicado a Santos Cerdán, Begoña Gómez o el hermano del jefe del Ejecutivo, han colocado a La Moncloa en una posición defensiva permanente.
Cada nueva información relacionada con investigaciones judiciales, diligencias o posibles actuaciones vinculadas al entorno político añade más preguntas que respuestas.
Las declaraciones de Ione Belarra comparando al Papa con un ayatolá a cuenta de su próxima intervención en el Congreso representan uno de esos momentos en los que la política abandona el terreno de la crítica razonada para adentrarse en el de la provocación fácil. Se puede discrepar del Papa, de la Iglesia y de cualquiera de sus posiciones, pero recurrir a semejante comparación no eleva el debate; lo empobrece hasta extremos preocupantes.